Mostrando entradas con la etiqueta Franquin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Franquin. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de octubre de 2013

LOS SERIALES DE EL BOTONES SACARINO



Los seriales de El botones Sacarino se publicaron en el DDT paralelamente a los protagonizados por otras de las estrellas ibañezcas de Bruguera: Mortadelo y Filemón (Pulgarcito) y Pepe Gotera y Otilio (Tío Vivo), coincidiendo con un periodo de gracia creativa por parte de su autor, como testifican sus páginas firmadas a finales de los años sesenta y principios de los setenta. Probablemente, el método de la serialización se vio influido por la “moda” de las historietas largas, conocida en España principalmente por Astérix, protagonista de unos álbumes recopilatorios que marcarían el camino a seguir para algunas de las series autóctonas, especialmente Mortadelo y Filemón. Es por ello que, imitando el modelo de la principal serie de Ibáñez, también Sacarino empieza a vivir aventuras más extensas que se dividen en episodios aparentemente “cerrados” de dos páginas cada uno. La extensión de estos capítulos es variable, combinando historietas de 4 ó 6 páginas con otras autoconclusivas sin solución de continuidad. Posiblemente, la posterior recopilación en álbum estuvo en la mente de los directivos de la empresa desde un principio. En dichas recopilaciones, normalmente se eliminaba el nombre  de la serie que aparecía en la primera viñeta (no pocas veces también la firma del autor era borrada) y se sustituía por un título escogido por la editorial[1], o bien por un texto que indicaba una continuidad temporal, del tipo “al día siguiente…”, “unas horas después…”, etc.



Antes de analizar el contenido de los seriales, haremos un breve recorrido por la historia de Sacarino que nos conducirá a conocer el estado de la serie en el momento en que estos se iniciaron.  El botones Sacarino, de “El Aullido Vespertino”, título inicial de la tira, apareció por primera vez en el número 628 de El DDT, con un formato peculiar: dos columnas de seis tiras cada una que apenas esbozaban una anécdota cotidiana protagonizada por un botones holgazán y su irascible director. En el origen de esta premisa y en el mismo diseño gráfico del personaje es innegable la influencia de modelos foráneos, concretamente de André Franquin, aunque de este aspecto nos ocuparemos después. En 1967, el resurgir de DDT permite una renovación de la serie, iniciando así su etapa más popular. Además de algunos cambios físicos, el personaje se ve ahora acompañado del “Dire” y del “Presi” (cuyo diseño parece una evolución del que mostraba el director de su época primigenia).

Con respecto a esta  nueva etapa, Antonio Guiral opina que “el influjo del creador belga Franquin sobre Ibáñez, que siempre fue reconocido por el humorista catalán, ya evidente en las primeras páginas de El botones Sacarino, cobró a partir de entonces más fuerza, remarcándose el evidente `homenaje´ que suponía la serie a dos personajes realizados por Franquin y publicados en la revista Spirou: el botones Spirou y Gaston Lagaffe”[2]. Nosotros no estamos en absoluto de acuerdo con esta afirmación, pues, aunque la sombra de Franquin aún planea sobre las historietas del botones durante esta época (y posteriormente daremos ejemplos de ello), lo cierto es que la influencia del autor belga es mucho menor en esta nueva etapa de las andanzas de Sacarino. De hecho, fue en su primer momento (valga como ejemplo la primera historieta publicada) cuando Ibáñez realizó viñetas cuyo guion y planteamiento general resulta prácticamente idéntico al de las historietas de Gastón Lagaffe, con algunas transposiciones casi literales de las corredurías del despistado mozo del semanario Spirou. Al introducir la nueva figura del “Dire”, Ibáñez centra en este sus historietas, así como en el Presidente, dejando a Sacarino relegado a desempeñar el escueto papel de ser el que prepara la trastada desencadenante de la trama para, posteriormente, desaparecer. Como afirmamos anteriormente en Corra, jefe, corra: “la incorporación del Director a la serie supone una afirmación de la personalidad artística de Ibáñez, que sabe escapar de las imposiciones editoriales dotando a todas sus creaciones de un toque personal, único e intransferible”.


Desde el punto de vista argumental, encontramos una serie de esquemas básicos que servirán de soporte a los distintos seriales. Así, bien se puede partir de una chapuza realizada por el botones (La percha; DDT nº 150) o de los numerosos inventos de este para mejorar la vida en la oficina: un sistema antirrobo en la caja fuerte (Sistemas anti-robo; DDT, 185), una goma elástica para “transportar” paquetes (“Dire” contra “Presi”; DDT, 155), una vagoneta con su sistema de raíles (La vagoneta; DDT, 208), un mecanismo para el fichero (Más fichero-locuras; DDT 214), etc. No deja de ser curioso que para los seriales de su serie principal, Ibáñez recurriera también a la faceta de inventor de Mortadelo, que ya había apuntado a mediados de los 60, como señala Miguel Fernández Soto[3].



Otro de los argumentos más recurrentes (y aquí se hace visible la herencia de Gaston Lagaffe) es la introducción en la editorial de cualquier objeto distorsionador del trabajo de oficina. Así, vemos que el espíritu lúdico de Sacarino lo lleva a llevar a la redacción animales varios: cangrejos, pájaros, calamares…, y objetos de ocio como una pelota saltarina, piezas de un ninot o máscaras. Todo es válido para dinamitar (inconscientemente, claro) la vida gris y burocrática que representan sus superiores.


Otro de los esquemas de algunas de estas historietas consiste en la visita de una persona importante que propicia que se actualice el viejo recurso brugueriano de tener que “quedar bien” ante un individuo destacado: el conde del Rastrojo, la esposa del Presidente, el administrador general, etc. En muchas ocasiones, estos dos últimos esquemas básicos se combinarán y será el “elemento distorsionador” el que arruine la imagen de la empresa y sus directivos ante las visitas de turno. Sobre estas premisas básicas se construyen la mayoría de las historietas seriadas de Sacarino, aunque no se trata de reglas rígidas, pues Ibáñez se permite flexibilizarlos cuando así conviene. 

En muchas ocasiones, el serial avanza porque Ibáñez parte de un elemento ya conocido y le da una vuelta de tuerca en el capítulo siguiente, sacando el máximo partido posible al mismo. Así, en historietas como La vagoneta, el botones inventa una vagoneta con su sistema de raíles en el primer episodio; en el segundo, Ibáñez sigue explotando este invento pero introduce una novedad, un motorcito electrónico que permite jugar con las descargas eléctricas  que padecen los personajes; en una tercera parte, Sacarino cambia la ubicación de la vagoneta y pasa a instalarla en el techo, generando el mismo tipo de gags pero con esa ligera variante. Estas páginas (extrañamente retituladas por Bruguera como tres historietas independientes) son un ejemplo de cómo Ibáñez va añadiendo elementos a una idea básica para crear la continuidad. En otras ocasiones, la conexión no es tan evidente, pues el elemento que va a protagonizar el siguiente episodio, aparece únicamente al final del capítulo anterior. Tal ocurre con la aparición de Matador, el perro del “Presi” que será el protagonista del siguiente tramo de historieta y que aparece en la última viñeta de La percha, creando así una cohesión bastante forzada entre las partes.

 Cronológicamente, y obviando las marcas temporales introducidas a posteriori por la redacción de Bruguera para crear la ilusión de continuidad tras eliminar el título de la primera viñeta, se entiende que entre uno y otro capítulo del mismo serial han transcurrido unos días, aunque hay algunas excepciones, como en Máscaras (DDT, 148), donde la acción del segundo episodio se inicia inmediatamente después de la última del episodio anterior. El espacio es el mismo prácticamente en todas las historietas: las oficinas del DDT. El tipo de aventuras del botones, enmarcadas en el ámbito de lo estrictamente laboral, hace que los personajes apenas salgan de ese ambiente burocrático y opresor. Al no dotar a sus personajes de profundidad psicológica ni vida privada apenas, Ibáñez no cae en las visitas al campo, a la playa, a la carretera…tal y como hace Franquin con Gaston Lagaffe en la serie que le servirá de modelo al dibujante español.

La comicidad de estas historietas lleva el “sello Ibáñez” de humor físico, de garrotazo y tentetieso, pero aderezada esta vez con el juego de equívocos que parece más propio del vodevil y de la comedia de situación, con raigambre en clásicos como Plauto y su Anfitrión. Así, prolifera la confusión de identidades, bien por equívocos visuales (Máscaras), bien por malentendidos lingüísticos (Matador; DDT, 151), que conforman algunas de las páginas más cómicas firmadas por el dibujante catalán. Otros de los recursos humorísticos más acertados, también típico del autor, son las caracterizaciones de los animales, dotados de inteligencia y portadores de algunos de los comentarios más jocosos e irónicos de estas historietas (El gusanito- DDT, 163-, El gato belicoso- DDT, 236- etc.).

Desde el punto de vista gráfico, se mantiene el nivel estándar de Ibáñez a principios de los 70. Algunas de las historietas, como ocurre con los seriales de sus otros personajes, presentan el inconveniente de un entintado poco eficaz, sin apenas diferencia de grosores y realizado con excesiva premura, lo cual hay que achacar a los entintadores de la editorial, pues la sobrecarga de trabajo impedía que Ibáñez se ocupara personalmente de ese último paso. En otras ocasiones, la falta de espacio (hasta la historieta El pájaro las planchas son de seis tiras) lleva al autor a economizarlo bien y a no permitirse alardes. Así, el gran dibujante de proboscidios que es Ibáñez sólo puede incluir la pata de uno de ellos en su historieta La puerta automática (DDT, 196), pues dibujar al animal completo hubiera supuesto utilizar más viñetas de las que disponía para su narración. Sí encontramos algunos hallazgos interesantes, como el hecho de mostrar en una misma viñeta el lateral de un muro que separa dos habitaciones para indicar la simultaneidad de las acciones (“Dire” contra “Presi”)  o reflejar la actitud excesivamente amable y empalagosa del “Dire” haciendo que el bocadillo sea una mancha que se derrama de un tarrito de miel (El gusanito).

El botones Sacarino forma parte, junto con sus hermanos de tinta, del universo global de Francisco Ibáñez. Aunque en otras ocasiones ya ha habido un flirteo entre Sacarino y las otras series del autor, nos vamos a centrar en los “cameos”  encontrados en la época que estamos estudiando. Así, Mortadelo y Filemón aparecen como “esquiroles” intentando encontrar al “Dire” por orden del Presidente, en La plataforma elevadora (DDT, 223). Del mismo modo, Pepe Gotera y Otilio serán contratados por la empresa para colocar un extractor en Portazos (DDT, 207). Pero la palma se la lleva el más ubicuo de los personajes de Ibáñez: Rompetechos. El mítico cegatón aparecerá desempeñando su tradicional rol pasivo en historietas ajenas, consistente en interpretar la realidad a su manera en historias como El balón saltarín (DDT, 165) o Un caso de mala pata (DDT, 154). Más activa es su participación en Un boquete en la pared (DDT, 175), donde ejerce de albañil y acaba tapiando la puerta del despacho del “Presi” justo antes de un incendio.



Pero no son las propias historietas de Ibáñez  la única referencia que encontramos en estas páginas. Desde que el botones forma parte de la plantilla del DDT, las alusiones a la redacción de Bruguera son constantes. Así, en Abelardo, el calamar (DDT, 172), aparece el nombre de la revista en la puerta de la redacción, mientras que en El cactus (DDT, 177) el Presidente porta un globo publicitario de la empresa. Las alusiones al resto de compañeros tampoco son extrañas. Una de las más delirantes es la referida a Raf, de quien el “Presi” solicita el expediente psicológico en El fichero (DDT, 213), mientras sostiene un monigote supuestamente dibujado por el padre de Sir Tim O´theo. Estos puyazos entre Ibañez y Raf, que eran buenos amigos, son constantes en la obra de ambos, y sacan de ellos un excelente rendimiento humorístico. Sanchís no sale mucho mejor parado, pues su obra (un dibujo ridículo de un pez) es usada por Sacarino para tapar un hueco en la pared, a falta de otra cosa, en Un boquete en la pared. Especialmente irónicas son las alusiones a Armando Matías Guiu, conocido redactor y humorista, que en aquel tiempo era jefe de redacción. En El oso (DDT, 211 y 212) se habla del estrepitoso fracaso de “Don Armando” como comediógrafo en Cáceres, lo cual parece estar basado en algún hecho real, dado que Matías Guiu fue autor de varias obras teatrales. En ocasiones, encontramos que la decoración de la redacción hace referencia a distintos personajes de la casa, como es el caso de Don Pelmazo Bla,bla,blá, creación de Raf (El juego de la bolita- DDT, 162), recurso ya utilizado por Franquin, quien retrataba a los distintos personajes de Dupuis en su serie Gaston Lagaffe.

Por supuesto, tampoco faltan las autoalusiones. Así, Ibáñez será el dibujante más citado en esta particular redacción del DDT. Son muchas las bromas relacionadas con el aspecto económico, en las que Ibáñez aparece reflejado como un dibujante cicatero y exigente con respecto a sus jefes. Así, en El cangrejo (DDT, 158), Director y Presidente se felicitan porque Ibáñez lleva una semana sin pedir un aumento. En El patatús del “Presi” (DDT, 168), el “Dire” informa de que el dibujante ha pedido un anticipo de cien mil pesetas, que le serán devueltas descontándole dos pesetas por página. El Presidente, harto de lo que parece ser algo rutinario, apuesta por darle un golpe en la cabeza. En otra ocasión, el “Presi” ironiza acerca de los numerosos atrasos de Ibáñez (Sistemas anti-robo). En Alto voltaje (DDT, 209) el Director califica de “electrizante” la última historieta entregada por Ibáñez. Más tópica es la alusión a la calva de Ibáñez, que es comparada con una lámpara de bola, en El gato belicoso.


Aunque anteriormente hemos señalado que a principios de los setenta, la serie El botones Sacarino había dejado atrás la imitación, el calco casi literal a Franquin. Sin embargo, esto no quita que todavía hallemos algunas historietas en las que encontremos alguna semejanza en cuanto al planteamiento. Así, además de la convivencia en la oficina con animales como el cangrejo, el gato o el pájaro (todos ellos se encuentran en la serie Gaston Lagaffe), detectamos algunas coincidencias, como ocurre entre las historietas del serial El balón saltarín  y la tira 513 de Gastón; El “ninot” de la falla (DDT 182-184) reproduce el esquema franquiniano del caco que se infiltra en la redacción de Dupuis y sale escaldado por las trastadas de Gastón (la mano gigante del ninot tiene su correlato en la que aparece en la tira 590 de Lagaffe); La puerta automática plantea semejanzas con las tiras 171, 181  185 del personaje belga; El fichero y Más fichero-locuras tienen relación con las tiras 126 y 127 del mismo personaje; La bola de cañón (DDT, 217), Sigue la bola (DDT, 218), y La bola tienen que ver con las tiras “gastonianas” 309 y 609; además, el sistema de transporte interno por raíles diseñado por Sacarino en La vagoneta Alto voltaje y Más inventos (DDT, 210) tiene su correlato foráneo en las tiras 667 y 668 del personaje de Franquin. Sin embargo, estas influencias no pueden ser consideradas como plagios, pues ya no se trata de calcos exactos de lo hecho en el extranjero, sino de historietas que tienen simplemente una premisa, un punto de partida común, pero con un desarrollo totalmente autónomo e independiente, lo cual se permite contrastar en los estilos bien diferenciados que presentan ambos autores.

 Así, podemos decir que en las historietas de El botones Sacarino de principios de los años setenta, Ibáñez consolida una serie que, partiendo de un modelo externo, ha pasado a ser una de las más características de su producción como historietista. Una serie que, al igual que otras suyas, se beneficia de un Ibáñez en plena forma que va construyendo, viñeta a viñeta, páginas antológicas en las que unos personajes nacidos en la década anterior alcanzan su máximo esplendor, al disponer de más espacio donde desarrollar sus gags, convirtiéndose en adalides de un humor dinámico, trepidante, que no deja un respiro al lector entre escena y escena, con gags bien medidos reforzados por unos diálogos frescos, concisos, eficaces, sumamente irónicos. Aunque la serie haya arrastrado para algunos lectores el sambenito de “copia” desde su nacimiento, ya a comienzos de los setenta,  los seriales de El botones Sacarino (en los que la relación a tres bandas entre el protagonista y sus dos jefes llega a su cénit de comicidad), son un claro ejemplo del buen hacer de su autor. Sin duda, entre las historias de estos seriales encontramos algunas de las páginas más divertidas que jamás haya firmado Francisco Ibáñez.

Esta entrada ha sido posible gracias al siempre impagable estímulo de Miguel Fernández Soto, que me animó a escribirla.




[1] A lo largo de este artículo, citaremos las distintas historietas de Sacarino por estos títulos, tal y como se recogieron en las diversas recopilaciones, aunque se citará también el número de la revista de su publicación original.
[2] GUIRAL, ANTONIO, Prólogo a Clásicos del Humor. El botones Sacarino, RBA, 2009.
[3]  
FERNÁNDEZ SOTO, Miguel, El mundo de Mortadelo y Filemón, Palma de Mallorca, Dolmen, 2005.

viernes, 23 de agosto de 2013

MÁS MORTADELADAS GASTONIANAS

A nadie le ha de sorprender a estas alturas que se hable de las influencias de Franquin en la obra de Francisco Ibáñez. El tema ha sido suficientemente abordado en libros, artículos, páginas webs e incluso en este blog, con una serie de entradas al respecto.  Estas influencias son más que conocidas por los aficionados al mundo del cómic: van desde el diseño gráfico de El botones Sacarino hasta sus argumentos, pasando por varias historietas cortas de Mortadelo y Filemón de principios de los sesenta, sin olvidar la culminación de esta influencia en las primeras aventuras largas de los agentes de la TIA, como son El sulfato atómico (1969), Safari callejero (1970) o Valor...¡y al toro! (1970), así como en las primeras portadas de la revista Mortadelo. Conforme va avanzando la década de los 70 Ibáñez encuentra su propia voz y una fórmula humorística y estética que va haciendo innecesarias las referencias a otros autores, si bien aún podemos encontrar restos franquinianos en obras como La caja de diez cerrojos (1971), Operación bomba (1972), Los invasores (1974), etc., prácticamente irrelevantes.

Con esto no queremos decir que la huella de Franquin se borrara por completo en la producción de Ibáñez, pues en los albores del nuevo siglo encontramos anecdóticos parecidos con la obra del autor francés en álbumes tan destacados como Su vida privada (1998) y La vuelta (2000). Sin embargo, a lo largo de los años podemos encontrar pequeñas pinceladas, restos, huellas de Franquin que siguen apareciendo en las historietas de Francisco Ibáñez. Se trata de parecidos casi insignificantes, menores, pero que están ahí. Repasemos algunos de ellos.

Los seguidores de Gastón el Gafe recordarán que el personaje de Franquin, en su tira 687, filmó todas sus vacaciones con una taladradora...Algo similar a lo que le ocurrió a Mortadelo en una de sus misiones de espionaje en el álbum El atasco de influencias (1990).




Del mismo modo, en la viñeta final de la tira 747 del personaje extranjero, vemos cómo Gastón y su amigo Jules juegan al billar usando como tapete el suelo de la oficina. Exactamente lo mismo que hicieron Mortadelo y Filemón en La perra de las galaxias (1988).





En la historia 718 de Gastón, Buenavista y De Mesmaeker ven roto su contrato por culpa del artefacto volador del "chico para todo" de la oficina. En El 35 aniversario (1992) Sacarino, con su avioncito, arruina justamente los contratos que Mortadelo va a ofrecerle en nombre de su Agencia de Información.







La más reciente de estas influencias la encontramos en El coche eléctrico (2012), historieta en la que el coche de Mortadelo y Filemón se dedica a jorobar a un guardia urbano, tal y como Gastón importunó al pobre gendarme Longtarin con su vieja carcacha. La coincidencia no daría más de sí si no fuera por la viñeta en la que el coche de los agentes de la TIA alza la rueda para orinarse sobre el agente de la ley, tal y como ocurre en el sueño de Longtarin en la tira 842 de Gastón el Gafe, si bien en la historieta foránea se resuelve la situación con mayor sutileza.




Como se puede observar, se trata de coincidencias anecdóticas, irrelevantes, que no quitan ningún mérito a la capacidad creativa de Francisco Ibáñez,  y más teniendo en cuenta la ingente cantidad de páginas que constituye su producción. En muchos casos puede que no se trate más que de lugares comunes tratados a su manera y de forma independiente por dos autores humorísticos ante la necesidad de rellenar más y más planchas con situaciones cómicas. No obstante, dada la tradicional influencia de Franquin en Ibáñez, nos parece oportuno, por lo menos, señalar estas coincidencias entre los dos geniales historietistas.

domingo, 11 de noviembre de 2012

EL OTRO "YO" DEL CONDE DE CHAMPIGNAC



No es extraño que las diferentes series de cómic infantil o juvenil tengan entre su elenco protagonista algún científico o inventor que dé algo más de salsa a las aventuras del grupo. Así, en Tintín tenemos a Tornasol; en Astérix a Panorámix; en Spirou a Champignac y en Mortadelo al profesor Bacterio. Las ventajas de incluir un personaje de estas características son obvias: abre infinitas posibilidades con sus inventos y permite introducir a los protagonistas en situaciones fantásticas que, de otra manera, no se explicarían.

                El mismo Ibáñez ha reconocido en más de una ocasión las virtudes de Bacterio desde el punto de vista del guion, pues los inventos del profesor le han sacado de algún atasco creativo en diferentes momentos de su carrera. Dicta el tópico que el científico (o inventor, o druida) de estas series de cómic sea un tipo si no loco, algo excéntrico en sus hábitos y comportamientos. Lo cierto es que Bacterio no cumple del todo con este arquetipo, pues, por más chiflados que parezcan sus inventos, el profesor no es un lunático. Todo lo más, un tipo despistado que vive embebido en sus creaciones, una mente inquieta y algo chapucera que, no obstante, tiene en su haber varios inventos notables, algunos de los cuales, incluso, funcionan correctamente.

Desde que debutara en El sulfato atómico (1969), Ibáñez se dio cuenta de que el barbudo científico sería fundamental para el desarrollo de su serie, y no tardó en hacer que su nombre apareciera en el título de dos aventuras fundamentales de la época dorada de Mortadelo: Los inventos del profesor Bacterio (1972) y El otro “yo” del profesor Bacterio (1973), ya reseñada en este blog. 

  Una relectura de esta y otras obras nos ha planteado la posibilidad de que El otro “yo” del profesor Bacterio esté basada en una historieta de Spirou que Franquin firmó bajo el título de El pánico llegó por teléfono en el año 1959. Realmente, el tema no es demasiado novedoso, pues desde la mítica novela  El extraño caso del doctor Jekill y Mr. Hyde (1886), de Robert L. Stevenson, el tópico de la otredad ha sido desarrollado en diferentes medios siguiendo este mismo modelo.

                Sin embargo, varios elementos de la obra de Franquin, guionizada por Greg, nos permiten establecer algún paralelismo entre esta historieta corta  y el álbum de Ibáñez, cuya devoción por la obra de Franquin ha quedado más que demostrada a través de múltiples “inspiraciones” por parte del autor español. En primer lugar, encontramos que en ambos casos el científico se toma su propio brebaje. Dicho brebaje, en ambas obras estimula el subconsciente del individuo, a quien no se puede responsabilizar de sus acciones, encaminadas a sembrar el caos por donde pasa. 



                Fundamental es la importancia que se le concede al teléfono en ambas historietas. En la de Franquin incluso ocupa un lugar  destacado en el título, debido a la escena en la que Champignac habla con Spirou y los efectos del brebaje empiezan a hacerse evidentes. En la obra de Ibáñez, Bacterio será quien llame al Súper tras cada gamberrada, compartiendo con el conde de Champignac la risa histérica de niño travieso y desquiciado. También la forma de hablar de ambos personajes a la hora de explicar sus planes y “hazañas” recuerda sobremanera. Véanse algunos ejemplos:

“¡Jejeje! ¡Diablos! ¡Ja! ¡Ja!...¡Yo me divierto!...Y mañana, ¡Bum! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡La cabeza del alcalde!...¡Cuarenta litros, señor!...¡Ji! ¡Ji! ¡Bum!...Y toda la ciudad…”  (Conde de Champignac).

“¡Sí, el león suelto! ¡Ja, Ja! ¡Y el cocodrilo,en lugar de la foca! ¡Jo, jo! ¡Y un cangrejo en el zapato del director! ¡Y voy a por más! ¡JUAAA, JUA, JUA!” (Profesor Bacterio).

                No se puede acusar en este caso a Ibáñez de plagio, en todo caso sería una inspiración en esta historieta de Franquin y Greg, pues lejos de seguir exactamente el mismo patrón, solo poseen algunos elementos coincidentes. De hecho, como reconoce el mismo Franquin, la historia en sí no es original, pues él mismo recordaba un cómic de Disney en que el Caballo Horacio sufría un proceso similar y perdía la cabeza durante algunas páginas. En  todo caso, siendo Ibáñez un reconocido discípulo de Franquin, no estás de más que apuntemos la coincidencia entre ambos autores.

Saludos, amigos.

domingo, 18 de marzo de 2012

MORTADELO, GASTÓN Y LA JIRAFA

No, no se dejen liar por el título, que no se trata de una fábula. Lo que presentamos esta semana es una nueva muestra de hasta qué punto André Franquin influyó en la obra de Francisco Ibáñez. En esta ocasión, se trata de una comparación entre la tira 736 de Gastón el Gafe y la portada del número 287 de la revista Mortadelo.







Como se puede observar, no se trata en esta ocasión de una transposición literal de un chiste. Más bien podemos decir que la tira de Gastón inspiró en cierta forma la portada de Ibáñez. Hay que recordar que para las portadas de la revista Mortadelo, Ibáñez siempre reservaba una última viñeta que impactara visualmente a los lectores. Para ello, en no pocas ocasiones, el dibujante español se basaba en ilustraciones que Franquin realizaba para Gastón el Gafe.

En este caso, la figura de la jirafa es el principal reclamo de ambas historietas. Aunque probablemente basada en la de Franquin, la jirafa de Ibáñez tiene más  expresividad, resultando más caricaturesca que la del autor francés. Si bien el padre de Gastón gana en sutileza a la hora de plasmar el movimiento, que parece más natural en su página, Ibáñez se lleva la palma al crear figuras llenas de vivacidad que parecen casi saltar de la plancha, impactando visualmente a los lectores.

Esperamos que disfruten del trabajo de estos dos maestros del cómic.

domingo, 4 de diciembre de 2011

OTRA SITUACIÓN FRANCOBELGA

Esta semana, estimados lectores, les presento otra de las "inspiraciones franquinianas" en la obra de Ibáñez, tal vez no de las más conocidas.

De hecho, la descubrí fortuitamente, leyendo la aventura de Spirou El prisionero de los 7 budas (1958). En una de sus escenas, dos de los villanos abren violentamente una puerta tras la cual no hay sino una tabla sostenida por un palo. Debajo, el vacío. Para evitar caer, ambos personajes deben hacer equilibrios sobre la tabla.



Nada más ver la escena, se me disparó la alarma: "¿dónde la había visto antes?" La respuesta se hallaba en la aventura a doble página de Mortadelo y Filemón publicada en el número 1752 de Pulgarcito, en 1964, en la que los héroes de Ibáñez se ven envueltos en una situación similar.




De hecho, Ibáñez se esmeró especialmente en las primeras aventuras a doble página de la revista, en la que pasó a ocupar el espacio central. Esta segunda historieta presenta un tinte épico que supone un maravilloso ejercicio de síntesis narrativa, a lo que hay que sumarle un dibujo atractivo, com mayor atención a las detalles, perspectivas novedosas y ritmo frenético. 



Para conseguir algunos de estas perspectivas, Ibáñez recurrió, nuevamente, a su admirado André Franquin, aunque hay que señalar que las historietas de ambos transcurren por caminos diferentes, por lo que podemos hablar de una auténtica reelaboración del material ajeno por parte de Ibáñez, sin que esto reste mérito a su trabajo ni a su estilo, claramente difrenciado del de su maestro.

domingo, 31 de enero de 2010

LA OFELIA ANTES DE OFELIA

Como todos sabemos, el personaje de la señorita Ofelia no arribó a la principal serie de Ibáñez hasta el álbum Los gamberros (1978), donde entró por la puerta grande (por las otras no cabía), al convertirse en el principal aliciente del álbum y al sentar las bases de los que serían gags recurrentes a partir de entonces.

El chiste básico protagonizado por este personaje femenino se basa en el contraste entre sus expectativas románticas hacia un hombre (normalmente Mortadelo, aunque sin descartar a Filemón) y la actitud desdeñosa, chocarrera o grosera del mismo, que desemboca en una inevitable desilusión.

Este esquema pudo haber sido tomado de uno de los referentes indiscutibles de Ibáñez: el maestro Franquin, quien creó a la tímida y soñadora Jeanne para su serie Gastón el Gafe. Jeanne, enamorada platónicamente de Gastón, no puede evitar hacerse ilusiones con respecto a un compromiso que no acaba de llegar nunca. Y no es que Gastón sea grosero con ella, simplemente muestra el mismo despiste crónico ante sus asuntos amorosos que el que lo caracteriza en su vida laboral. Los paralelismos entre esta relación y los gags que después desarrollará Ibáñez los encontramos en algún chiste más que parecido, como, por ejemplo, el de la tira 324 de Gastón el Gafe y las viñetas con que se abre la página 9 de Los gamberros (tal y como expusimos en nuestra entrada Franquin e Ibáñez o el maestro del maestro V- de septiembre de 2009).

Por supuesto, no hace falta decir que, en esta ocasión, Ibáñez hará suyo el esquema franquiniano dotándolo de la contundencia y chispa que caracteriza su propio humor. Por otra parte, tampoco el arquetipo creado por Franquin es original. Jeanne ( y Ofelia) no son sino actualizaciones del clásico personaje cómico femenino caracterizado por su pasión hacia un hombre que no la merece (el ídolo masculino no suele ser un dechado de virtudes) que no gana para chascos ante los desplantes de este. En cine, esta figura fue desarrollada, por ejemplo, por Margaret Dumont, la eterna admiradora de Groucho Marx. Dentro del mundo de la comedia televisiva, tenemos otros ejemplos representativos, como ocurre en la mítica serie mexicana El Chavo del ocho, donde la inigualable Angelines Fernández personifica a Doña Clotilde, la bruja del 71, enamorada de ese gañán adorable que interpretó Don Ramón Valdez.










Volviendo al universo Ibáñez, conviene aclarar que este arquetipo no aparece por primera vez en su obra de la mano de Mortadelo y Filemón. Será en Don Pedrito (que está como nunca), donde Ibáñez utilice por primera vez a una dama poco agraciada cuyas esperanzas de casorio se ven frustradas continuamente ante el despiste de su “enamorado”. Lo más curioso del caso es que este personaje primerizo de Ibáñez, no demasiado conocido recibe, también, el nombre de Ofelia (¿Reminiscencias de la enamorada de Hamlet, también desdeñada por su amor?).

El caso es que encontramos, incluso, algunos chistes similares, como el que aparece en el número 243 de Tio Vivo (1965), que se corresponde con el de la página 17 de Los gamberros. Así, ambas Ofelias son aconsejadas por una estrafalaria amiga para que le hablen a sus amores de las ventajas del trabajo y el pluriempleo. Ambas consideran oportuno el consejo de su compañera y así se lo manifiestan a Mortadelo y a Don Pedrito quienes entienden que es ella la que va a buscar trabajo, proponiéndoles empleos ridículos que acaban en un terrible chasco para las damiselas.




En su libro El universo de Ibáñez, Antonio Guiral nos muestra otra plancha de Don Pedrito cuyo gag principal se encuentra también en la página 9 de Los gamberros: el personaje masculino (Don Pedrito y Filemón, respectivamente), se arrodilla ante su amada, quien se hace la mayor de las ilusiones, para acabar saliendo por los cerros de Úbeda ante la absurda propuesta de su amor.


Suponemos que un mayor conocimiento de esta serie de Ibáñez nos proporcionaría más ejemplos de paralelismos entre Don Pedrito y su Ofelia y la que después llegaría a la sede de la TIA. Sin embargo, de momento no se ha reeditado como debiera, lo cual no deja de ser una lástima, pues estamos hablando de una serie en la que Ibáñez trabajó durante más de tres años. Esperamos que los próximos recopilatorios de Ediciones B tengan en cuenta esta propuesta, en lugar de reeditar una y otra vez las mismas páginas “menos conocidas” de siempre.

viernes, 11 de septiembre de 2009

FRANQUIN E IBÁÑEZ O EL MAESTRO DEL MAESTRO (Parte VI y última)


En 2007, aproximadamente, el estudioso de cómic y especialista en la obra de Ibáñez Miguel Fernández Soto convocó a algunos miembros del Foro de la TIA para escribir una serie de artículos sobre la obra de Francisco Ibáñez, que, unidos, dieran una visión de conjunto de la misma. Todo ello con el objeto de publicar un volumen de cara al 50 aniversario de los personajes. Desgraciadamente, el proyecto no se concretó. Es por ello que paso a desempolvar, un par de años después, el artículo que escribí para la ocasión, centrado en la marcada influencia que André Franquin dejó en Ibáñez. Las viñetas que se aportan pertenecen a sus respectivos autores y /o editores y tienen como objeto ilustrar el artículo. Gracias a ellas, conoceremos algo más de la siempre interesante obra de nuestro autor más popular: nuestro admirado Franscisco Ibáñez. Excepcionalmente, dada la extensión del mismo y los ejemplos gráficos que se aportan, lo presentaremos fragmentado en distintas entradas que serán, esta vez, de carácter diario a lo largo de la semana. Que lo disfruten.


Algunos de los datos más conocidos de los aportados aquí han generado en ciertos sectores un rechazo a la obra de Francisco Ibáñez, achacándole falta de originalidad y aduciendo que está basada en la utilización de ideas de otros autores. Nada más lejos de la realidad. Esta postura se ha visto mantenida por el chauvinismo francés y por no pocos críticos españoles, pero lo cierto es que si unimos en un solo tomo las influencias franquinianas de Ibáñez, el resultado no llegaría cien páginas. Algo que puede parecer mucho, pero no lo es para un autor que llegó a producir veintidós planchas semanales durante un largo periodo de tiempo (esto es, si las matemáticas no engañan, si mantenemos ese ritmo como medida estándar, Ibáñez supera las cien páginas cada mes y medio).




Por otra parte, hay que recordar la política editorial de Bruguera, basada en la utilización de conceptos extranjeros. Así, personajes tan conocidos como Zipi y Zape (Escobar), El Doctor Cataplasma (Martz- Schmidt) ,Gordito Relleno (Peñarroya) o La Panda (Segura) tienen homólogos extranjeros que se pueden identificar con más o menos facilidad. Incluso algunos de los miembros del Bruguera Equip que realizaban historietas apócrifas de los personajes de Ibáñez se inspiraron en Franquin. El ejemplo más claro en Ramón María Casanyes, que incluso llegó a realizar historietas con el mismo argumento que el belga, como “Protección accidentada”, deudora de la aventura de Spirou Un bebé en Champignac (1968).




Sin embargo, a ninguno de estos autores se le criminaliza por su “inspiración” como se ha hecho con Ibáñez. El motivo es que tanto los personajes de Ibáñez como los referentes extranjeros en que se basaron han traspasado la frontera del tiempo y forman parte activa de la vida de nuevas generaciones que, apoyadas en la tecnología, pueden establecer fácilmente relaciones entre obras. Probablemente, si a nuestras manos llegaran antiguas series bruguerianas de autores de segunda o tercera fila con un atractivo suficiente como para incitar al estudio y análisis de su obra, encontraríamos otras tantas referencias, consustanciales tanto a la forma de trabajar de Bruguera como a la propia creación artística.


Francisco Ibáñez confiesa[1] que en la época en que hacía más de veinte páginas semanales para entregar un miércoles, muchos martes por la noche recurría, para cubrir el expediente, a materiales de Uderzo, Peyó o Franquin que le proveía la misma editorial a tales efectos. Es decir, a Bruguera le importaba que se produjeran páginas, al margen de la originalidad de las mismas. El intento de salida al mercado europeo revitalizó la presión editorial en este sentido. Incluso Manuel Vázquez, paradigma de la originalidad creativa y uno de los más críticos con las imposiciones artísticas de Bruguera (especialmente a la hora de decir a quién había que imitar), recurrió en esta época al material de Berck, autor del semanario Tintín, con el objeto de cumplir con las expectativas impuestas.


Ibáñez, a pesar de su éxito rotundo, nunca ha pecado de fatuo. Si no fuera por el indudable impacto de su obra en la sociedad (algo que sus detractores jamás le perdonarán), nuestro autor hubiera pasado de puntillas, restándole importancia a su propio trabajo y calificándose siempre como un mero discípulo de otros grandes autores, nacionales y extranjeros. Ibáñez no se siente artista porque las circunstancias editoriales no se lo permitieron, porque su arte y el de sus compañeros fue tratado como mercancía y como mercancía lo vieron ellos. Basarse momentáneamente en otro autor no tenía para los dibujantes y guionistas bruguerianos más trascendencia que utilizar un patrón para la fabricación de piezas en serie, para salvar el trabajo de la semana. Mucha menos importancia si ese mismo autor ha producido una cantidad de material humorístico en un año equiparable a media vida de trabajo creativo de dibujantes foráneos.







Otro punto a favor de Ibáñez es la capacidad de desarrollar un estilo propio partiendo de sus fuentes.
Nuestro autor consiguió desasirse de Franquin en su serie El botones Sacarino, como demuestra la etapa más brillante de la serie (a partir de 1967), en la que las caídas, batacazos y jocosos malentendidos son una constante personal. Lo mismo podemos decir de las historietas largas de Mortadelo y Filemón. No cabe duda de que gran parte del éxito de la carrera de Ibáñez se ha cimentado sobre estos álbumes. Pues bien, atendiendo a su análisis, podemos comprobar que sólo dos de las más de ciento cincuenta aventuras largas de la pareja tienen una influencia franquiniana directa y, en muchos aspectos, dicha influencia es más anecdótica que relevante. ¿Puede decirse, pues, que el éxito de este autor está basado en la copia a otra persona? Antes bien, es Ibáñez el que, partiendo de influencias ajenas, ha creado un estilo que ha sentado la cátedra y que ha influido a autores como Enrich, Pineda Bono, Rovira, Casanyes, March, Ramis y Cera, amén de una larga lista de dibujantes y guionistas españoles y extranjeros, conocidos o anónimos.

Y es precisamente llegados a este punto cuando vemos que a quien estos autores han imitado (en mayor o menor medida, tanto en dibujo como en guion) no es a Franquin, sino a Ibáñez, como estilo artístico propio y diferenciado. El hecho de que la obra de los dos dibujantes analizados sea fácilmente identificable con un solo golpe de vista y esencialmente distinta tras una lectura posterior, nos indica que estamos ante dos personalidades creadoras distintas, diferentes, con sello propio. Dicho esto, no hay que olvidar que hay quienes, amparándose en el concepto decimonónico de la originalidad romántica (que sustituye siglos de imitatio clásica por el “genio creador”), utilizan este argumento una y otra vez para desacreditar la carrera de nuestro dibujante más popular, demostrando con ello no solamente su ignorancia con respecto a las circunstancias editoriales de la industria del tebeo español sino también en relación a los principios más elementales de la creación artística.







[1]Guiral, Antoni, Los tebeos de nuestra infancia, Barcelona, Ed. El Jueves, 2007.











jueves, 10 de septiembre de 2009

FRANQUIN E IBÁÑEZ O EL MAESTRO DEL MAESTRO (V)

En 2007, aproximadamente, el estudioso de cómic y especialista en la obra de Ibáñez Miguel Fernández Soto convocó a algunos miembros del Foro de la TIA para escribir una serie de artículos sobre la obra de Francisco Ibáñez, que, unidos, dieran una visión de conjunto de la misma. Todo ello con el objeto de publicar un volumen de cara al 50 aniversario de los personajes. Desgraciadamente, el proyecto no se concretó. Es por ello que paso a desempolvar, un par de años después, el artículo que escribí para la ocasión, centrado en la marcada influencia que André Franquin dejó en Ibáñez. Las viñetas que se aportan pertenecen a sus respectivos autores y /o editores y tienen como objeto ilustrar el artículo. Gracias a ellas, conoceremos algo más de la siempre interesante obra de nuestro autor más popular: nuestro admirado Franscisco Ibáñez. Excepcionalmente, dada la extensión del mismo y los ejemplos gráficos que se aportan, lo presentaremos fragmentado en distintas entradas que serán, esta vez, de carácter diario a lo largo de la semana. Que lo disfruten.


Algo paralelo sucede con los álbumes de Mortadelo y Filemón en particular y con la obra de Ibáñez en general. Las famosas viñetas iniciales de Safari callejero (1970), similares a las de la plancha 472 de Gastón son tan conocidas como poco relevantes, pues el desarrollo de esta historieta y de las que habrán de venir a continuación es netamente ibañezco. A modo testimonial, encontramos algunos paralelismos más a lo largo de la década de los setenta. Uno de ellos lo hallamos en la portada de la edición en tapa dura de El caso del Bacalao (1970), donde vemos un cocodrilo que por su forma y movimiento parece sacado de una conocida ilustración de Franquin; ilustración que debió de servir también de modelo para otro conocido dibujo de Pepe Gotera y Otilio en el que el más glotón de los chapuzas intenta emparedar a un cocodrilo.



Otro ejemplo lo tenemos en el mítico Magín el Mago, protagonista de la historia homónima de 1971, sigue teniendo algo del doctor Kilikil y de Zorglub. Del mismo año, un poco anterior, es La caja de los diez cerrojos (1971), donde vemos el gag de los hipopótamos-piedra de La mina y el gorila, de Spirou tal y como señalamos en este mismo blog [1]. En El elixir de la vida (1973) encontramos una impagable secuencia en la que el Súper se ve afectado por el invento que da nombre al álbum, secuencia que está basada en la plancha 444 de Gastón el Gafe, esta vez con Fantasio como afectado. Por otra parte, la escena de los nativos en canoa con la que se abre Los invasores (1974) supone una adaptación ibañezca del inicio de Tembo Tabú (1960), aventura de Spirou y Fantasio. Los invasores, como señala Mortadelón en su blog[2], toma también un gag con una sombrilla de una tira de Gastón el Gafe. Del mismo personaje se toman los aviones de la página tercer episodio de Los cacharros majaretas (1974). Ejemplos de todo ello los pueden ver en el Foro de la TIA [3], donde ya fueron publicados por otros estudiosos. Más sutil es la semejanza entre la tira 324 de Gastón y la escena de Los gamberros (1978) en que descubrimos el nombre de la oronda secretaria del Súper, con dibujo en la madera y chasco sentimental incluido.

Si en los ya avanzada década de los setenta la influencia de Franquin apenas se deja ver, en los ochenta será más escasa. No obstante, sí podemos encontrar algunas semejanzas entre la historia corta de Mortadelo y Filemón “Hacer un extraordinario…¡Jo, menudo calvario!” (que conmemora el 25º aniversario de los personajes) y la de Spirou, Fantasio y Gastón Bravo le brothers (1966). Así, en ambas encontramos bromas recurrentes sobre la vida y el personal de la editorial, creación de ambientes similares, e incluso un par de chistes semejantes. Estos elementos comunes, meramente anecdóticos a estas alturas de la producción de Ibáñez se han examinado anteriormente en nuestro blog.[4]. Dentro de los ochenta, tampoco podemos olvidar el parecido entre el jersey de Tato, de Chicha, Tato y Clodoveo, y el de Gastón el Gafe.

En los noventa la influencia es aún menor y sólo en otro álbum especial, Su vida privada (1998), conmemorativo del cuadragésimo aniversario de los personajes de Ibáñez encontramos tanto un gag similar a la tira 710 de Gastón (con tiro al plato y tocadiscos incluido) como un disfraz de marciano de Mortadelo (pág. 28) que recuerda bastante a los dibujados por el autor belga, por ejemplo, en la tira 749. No obstante, no hay que descartar el hecho de que la firma “animada” que Ibáñez muestra a mediados de los noventa venga de un recurso similar que desarrolló Franquin cuando ya estaba avanzada su serie de Gastón, en la que la firma del autor aparecía siempre aludiendo a algún elemento de la historia.

[1]http://mortadeloyalgomas.blogspot.com/2008/09/la-caja-de-los-diez-cerrojos-1971.html

[2]http://mortadelon.blogspot.com/2009/01/parecidos-razonables-xxi-los-invasores.html

[3]http://www.elforo.de/latiacomforo/viewtopic.php?t=2407&start=0
[4] http://mortadeloyalgomas.blogspot.com/2007/12/hacer-un-extraordinariojo-menudo.html

Y mañana, la conclusión.