jueves, 1 de noviembre de 2007

DON MORTADELO TENORIO

Como ustedes recordarán, sobre todo si tienen cierta edad, en días como hoy, Día de Difuntos, venía siendo tradicional en España y otros países de habla hispana la representación del drama romántico por excelencia: Don Juan Tenorio.

Escrito por José Zorrilla a mediados del siglo XIX, la obra gozó pronto del favor popular por la fuerza que destilan sus personajes, así como por las habilidades versificatorias de su autor. Las escenas finales de esta pieza, ambientadas en un cementerio y con la actuación de seres de ultratumba, fueron algunos de los motivos que determinaron que sus representaciones se reservasen especialmente para el 1 de noviembre, Día de los Difuntos.

Aunque esta tradición se ha visto paulatinamente desplazada por modas extranjeras, el impacto popular del Tenorio sigue vigente, de forma que muchos de sus parlamentos más conocidos siguen siendo repetidos por el gran público.

Este impacto popular no pudo pasar desapercibido ante ese lúcido creador que es Francisco Ibáñez, de modo que en varias ocasiones su mítico Mortadelo encarnó la figura del burlador de Sevilla, uniéndose así Don Juan a Don Quijote dentro del selecto grupo de personajes de la literatura española que Mortadelo ha remedado. Como muestra, dos botones:








En las viñetas anteriores pueden observar al agente de la TIA recitando algunas de las más famosas frases de este mito español. Como podrán comprobar, los textos elegidos responden a la obra original. Por cierto, ¿podrían averiguar a qué historietas pertenecen estas viñetas? Ojo, que no es fácil.


Pero no sólo a través de su personaje estrella Ibáñez nos ha conducido hasta la figura del Tenorio. En Operación ¡Bomba! (1972) pudimos asistir a una representación de la popular obra de Zorrilla, concretamente en su escena más famosa: la del sofá.






Nos despedimos de momento no sin antes recomendarles dos entradas relacionadas con el mundo de Mortadelo y Filemón y el Día de Difuntos. Una de ellas la podrán encontrar en El blog de Mortadelón (especialmente recomendada para los amantes de las portadas de Raf) y otra en El maravilloso mundo de los tebeos (con dos portadas terroríficas), ambas recogidas en nuestra sección de links.









Que pasen una buena Noche de Difuntos.






domingo, 28 de octubre de 2007

DOS HOMBRES Y UN POSTE


Que Ibáñez es un genio del gag visual es algo que a estas alturas ya no se duda. Y, como muestra, a falta de botón, bien vale un poste. Un poste transportado por Pepe Gotera y Otilio, nuestros más entrañables chapuzas. Creados a mediados de los sesenta, la consolidación del dominio del movimiento en las historietas de Ibáñez se dejará ver especialmente en las andanzas de estos “expertos en cualquier cosa”, como veremos a continuación.



La víctima de su torpeza será esta vez el humilde pocero (de esos que tanto abundan en el universo brugueriano) que pueden ver arriba, en el inicio de la que será una perfecta secuencia cómica:





En la primera viñeta de dicha secuencia vemos que Otilio, primer portador del poste, pisa sin darse cuenta la cabeza del pocero, cuya contundente caída apreciamos en la segunda viñeta. La misma contundencia se puede observar en la cuarta viñeta, en la que esta vez es el mismo poste el que, “in media res”, golpea la cabeza del trabajador, llevándolo a caer nuevamente en la quinta viñeta. Aunque el uso y abuso del golpe para hacer reír sea un recurso relativamente fácil, es precisamente la contundencia antes citada lo que diferencia al “estilo Ibáñez”.

En las viñetas de nuestro autor, los batacazos parecen tan reales que casi pueden sentirse en la piel de sus personajes. Escenas que resultarían terriblemente inocuas en otros dibujantes alcanzan una enorme expresividad en la obra de Ibáñez, que dota las escenas de fuerza, movimiento y vigor.

Recibidos ya los golpes del primer portador y del mismo poste, queda, por supuesto, recibir el del segundo transportista: Pepe Gotera, que provoca la caída final en la octava viñeta. En este batacazo final no se oculta la cara del pocero con las líneas del impacto, sino que podemos apreciar su triste dolor de payaso de pantomima al caer al suelo, como corresponde al punto final del gag. De hecho, ninguna de las tres caídas del personaje se ha enfocado desde la misma perspectiva, lo cual dinamiza la escena y la enriquece. El mismo enriquecimiento se aprecia en las tres ascensiones del trabajador subterráneo, pues alterna el contrapicado, el picado (viñeta seis) y la visión frontal sombreada (viñeta tercera).

Todos estos elementos: movimiento, contundencia del gag, planificación, variedad, etc., son apreciados instintivamente por el lector que, puede que no sepa analizarlos, pero se ríe a mandíbula batiente con esta escena magistralmente planeada.

Como ejemplo de un enfoque menos efectivo, presentamos la siguiente tira de Escobar, con un gag análogo. Sin embargo, la ejecución que hace el padre de Zipi y Zape del mismo resulta mucho menos efectiva. En primer lugar, falta el sentido del movimiento que vemos en la historieta de Ibáñez, así como una planificación atractiva y el carácter acumulativo del chiste, elementos que contribuyen notablemente a la hora de crear un clima de comicidad.





No decimos esto en detrimento, ni mucho menos, del maestro Escobar, pues es bien sabido que Ibáñez y tantos otros miembros de la llamada “Segunda Escuela Bruguera” llegaron a ser lo que fueron porque antes estuvieron referentes tan valiosos como Conti, Cifré, Peñarroya, Jorge y, por supuesto, Escobar. De hecho, fueron estos autores los que otorgaron a la historieta española un sentido del movimiento hasta entonces insólito, dado el romance que mantuvieron muchos de ellos con el cine (Escobar es un claro ejemplo de creador activo en este otro ámbito). Tanta es la relación entre ambos campos que incluso podemos afirmar que este tipo de escenas, como la que comentamos, tienen su raíz en la cinematografía de los grandes cómicos del cine: ¿no podrían ser Laurel y Hardy los portadores del poste de los chapuzas o del tablón que llevan los hermanos Zapatilla, al igual que en tantas ocasiones acarrearon pianos en algunas de las escenas más cómicas jamás filmadas?


Queremos insistir, a modo de conclusión, en que la comparación que hemos establecido aquí entre Ibáñez y Escobar no pretende ir en detrimento del segundo. Únicamente pensamos que ambas escenas son representativas de la evolución que siguió la Escuela Bruguera: cuando la primera generación, gran renovadora del movimiento historietil, empezó a tornarse hierática y anquilosada, sus discípulos de la segunda (Ibáñez, Segura, Raf…) vinieron a darle un nuevo aire al modo de hacer de sus mayores, recogiendo el testigo de manos inmejorables para otorgarle un mayor dinamismo y frescura.

sábado, 20 de octubre de 2007

EL ÓSCAR DEL MORO


El Óscar del Moro (1998) supone una revisión del clásico Los inventos del profesor Bacterio (1972).El título, un juego de palabras un tanto forzado referido al Óscar de oro de Hollywood, se justifica porque, como bien cuenta el Súper, el Emir Alí-Fafe de Segowiait ha creado el Óscar del Moro para la mejor arma ofensiva-defensiva, ofreciendo trescientos millones de rupias segowiatíes. Ésta será la excusa para que los agentes de la TIA vayan probando distintos inventos del Profesor Bacterio creados con el fin de conseguir el citado premio. Este esquema de prueba de inventos del barbudo científico se ha repetido de forma constante en la trayectoria de nuestros personajes, especialmente en la llamada “etapa negra”, de 1987 a 1990, suponemos que se debe a la facilidad que para los autores apócrifos suponía rellenar páginas tirando de los inventos del doctor. A modo de muestra: El huerto siniestro, Los superpoderes (ambas de 1987), Va la TIA y se pone al día (1989) y Los espantajomanes (1990).

Esta vuelta a los orígenes es un rasgo típico de la época, como ya reseñó Óscar+AB en este mismo blog, en su entrada dedicada a la máquina del cambiazo, en la que aporta buenos ejemplos. Esta vuelta a los orígenes viene acompañada de un nivel gráfico envidiable, que hace visualmente atractivas las obras de este período. En cuanto al esquema de El Óscar del Moro, distinguimos las siguientes partes asimétricas:

En primer lugar, una simpática introducción de tres páginas en la que se habla sobre los inventos de manera general. Lo más destacable es la aparición del propio autor denunciando, una vez más, las esclavitudes del tablero. La página siguiente está centrada en la figura del Profesor Bacterio y en ella se recuerda que fue él el verdadero culpable de la calvicie de Mortadelo, en clara rememoración a la historia corta “La historia de Mortadelo y Filemón” (véase el cuadro de fondo) y a los primeros álbumes de la pareja.

Las siguientes siete páginas se ocupan del primer invento de la tanda: el Rayo Pfluaff, con capacidad de hacer desaparecer lo que se le ponga delante. El recurso de la invisibilidad ya fue utilizado, por ejemplo, en Los superpoderes. Nuevamente, sobra decirlo, los resultados son catastróficos para los agentes. El siguiente invento es un mando que lanza la onda “Meteoritazo”, que convierte al enemigo en un objeto flotante. El recuerdo de los zapatos antigravitores de Los inventos del Profesor Bacterio es inmediato, sobre todo si tenemos en cuenta que nuevamente un flotante Filemón es llevado por un alegre Mortadelo atado de un cordelito. Otra semejanza es el accidente de Filemón al elevarse en plena calle, salvo que esta vez no será castigado por una viga de hierro, sino por un cable de alta tensión.

Más originales son las bolitas “Licuabody”, a las que se les dedican nueve páginas (como al invento anterior) y que dan pie al gag de la portada del álbum en la Colección Olé. Probablemente también les debamos a ellas algunos de los momentos más divertidos del álbum, como la confusión de Mortadelo con un príncipe convertido en rana. Las siguientes seis páginas las ocupa el Jaboncillos, que hace que los cuerpos se muestren tan escurridizos como si estuvieran embadurnados con jabón. Estamos ante otro episodio divertido, con momentos simpáticos como el del reajuste del personal según su aptitud. El álbum se cierra con la Encogidina, nueva vuelta de tuerca al tema de los “señores pequeñitos”. La originalidad aquí radica en que este invento se prueba en el Emirato de Segowiait, lo que no impide que el encogido de turno (nada menos que el Emir) caiga en lugares comunes como ser mordido por animales diversos o atrapado entre las páginas de un libro (El Corán, en este caso). Estos incidentes desencadenan la guerra con Segowiait, hecho que ya predijo Filemón en la página cinco del álbum.

El esquema de cada uno de los capítulos suele ser similar: los agentes escapan para no probar los inventos de Bacterio y son detenidos por otros agentes, que los encuentran en los lugares más recónditos del globo; prueban primero el invento en la TIA (causando daños al trío Súper-Ofelia-Bacterio); después lo hacen en la calle para terminar vengándose del científico. Esta venganza final, ya fijada en los álbumes de temática precedente, pasa por obviar que los inventos del Bacterio no siempre fallan, es decir, son los agentes los que hacen un mal uso (o un uso desventurado) de los mismo, lo cual parece invalidar para la organización los inventos en sí.

Particularmente divertido es un esquema que desaparece hacia la mitad del álbum en cada una de las entradillas. Se trata de la aparición de la mujer del Súper (con un diseño que se mantendrá en álbumes posteriores), que siempre acaba pillando a su esposo en situaciones “comprometidas” con Ofelia. La perversión de su marido llega, a ojos de la señora, a intercambiarse las ropas con su secretaria e incluso a levitar de gozo. En alguna ocasión, también la esposa del Director general y el mismo Director se verán envueltos en los gags, ambos con un diseño que también va a permanecer en el tiempo, hecho insólito hasta el momento y que da una ligera sensación de continuidad a la serie. Nótese que las sospechas de infidelidad del Súper con Ofelia estarán muy presentes en esta época, como veremos en Impeachment (1999).



Desde el punto de vista narrativo, destacamos la alusión de Mortadelo al lector en la página doce tras recibir una somanta, así como la del propio Ibáñez, que “censura” cómicamente la paliza que Ubaldo el “Coceador" le da a nuestros agentes. Tal debe ser la desproporción de la misma, que el autor, que nunca ha tenido inconveniente en mostrar salvajadas de todo tipo, invita a desenrollar la viñeta únicamente a los lectores “recios, guijarrosos y echaos p´adelante”. También tiene la delicadeza de no mostrarnos a Mortadelo y Filemón tras el altercado, aunque los ojos de horror del Bacterio en la viñeta siguiente resultan elocuentes.


En líneas generales podemos decir que El Óscar del Moro, a pesar de su escasa originalidad, es un álbum que entretiene considerablemente y llega a divertir con algunos gags aislados pero eficaces. A su buena factura final contribuye mucho el agradable dibujo del periodo y el enriquecimiento del coloreado informático.

sábado, 13 de octubre de 2007

LA CAJA DE LOS DIEZ MACGUFFINS, por KAXIMPO

Estimados lectores, esta semana volvemos a contar con un invitado de lujo que, además, repite en este su humilde blog. Nos referimos a Kaximpo, que nos deleita con un breve artículo sobre el elemento "MacGuffin" en las aventuras de Mortadelo y Filemón. Pasen y lean:


Terminología del cine - MacGuffin: Elemento dentro del argumento que carece de relevancia y sirve para introducir, desarrollar o justificar alguna o toda acción narrativa.





Según los entendidos en cine, el MacGuffin era el elemento que Hitchcock solía introducir en muchas de sus películas como motor para construir la trama: unos planos, una fórmula secreta, un objeto robado... ¡La paradójica importancia del MacGuffin es que al espectador no le importa qué es y ni siquiera si realmente existe! Lo esencial es que los protagonistas y demás personajes de la historia crean que tiene una extraordinaria relevancia, lo busquen y surjan confrontaciones por él.



Trasladado al universo de Mortadelo y Filemón, el MacGuffin toma muy diferentes formas. Querría excluir de esta clasificación potenciales MacGuffins como el Sulfato Atómico que los agentes deben recuperar en su primera aventura larga o el Balón Catastrófico porque no son en sí mismos MacGuffins "puros". Su naturaleza (hacer crecer los insectos o "emburrecer" a los humanos) es causante directa de hilarantes gags y no una mera excusa del argumento que pueda sustituirse por otro objeto.


Tampoco aventuras con la misma estructura de 11 capítulos que las que deseo comentar corresponden exactamente a este tipo porque del mismo modo los objetos (o personajes) perseguidos o custodiados (bombas, animales, gángsters, invasores extraterrestres o incluso señores pequeñitos) determinan directamente los gags y no serían tan fácilmente reemplazables por otros.El subgénero del que hablo son esas aventuras de 11 capítulos de 4 páginas cada uno en las que nuestros esforzados agentes tratan de reunir 10 objetos. Habitualmente la primera presenta la misión y la última incluye un desenlace en el que no siempre se encuentra lo que se buscaba una vez que todos los elementos están reunidos.


En mi opinión es "La Caja de 10 cerrojos" la primera y la más redonda muestra de este subgénero de Mortadelo y Filemón. Los protagonistas recorren el mundo buscando las llaves que abren una misteriosa caja pero los gags que se presentan no se refieren a la llaves en sí mismas, sustituibles por cualquier objeto, sino a las características propias del lugar en que se desarrolla cada episodio. Intercalando historietas de otros géneros, Ibáñez repite esta misma fórmula en "¡A La Caza del Cuadro!" sustituyendo las 10 llaves por cuadros de modo que los agentes tienen que ingeniárselas para entrar en casas ajenas. En "Los Diamantes de la Gran Duquesa" está claro cuáles y cuántos van a ser los objetos sustraidos. En "El Plano de Alí-Gusa-No" se trata de un plano dividido en 10 partes custodiadas por variopintos individuos.


A medida que el número de páginas de Mortadelo y Filemón crecía en las revistas donde se publicaban seriadas, el esquema de 11 entregas (presentación o desenlace más búsqueda de 10 objetos) de los años 70 dejaba de tener sentido. Aún así Ibáñez sigue creando alguna historia que puede corresponder a este subgénero como En Alemania, que presenta a los enanitos de jardín como excusa para trasladar a los agentes a las distintas regiones del país mostrando incluso tópicos internos y atraer lectores germanos. Algunos pueden sostener con toda la razón que el auténtico MacGuffin de La Caja de los 10 cerrojos es el secreto que ésta escondía en su interior o el documento "top secret" que guardaba el sobre tras uno de los cuadros de "¡A la caza del cuadro!" y que el ejemplo de un MacGuffin "puro" sería la bomba en "La Estatua de la Libertad" o la moneda que los agentes pretenden recuperar de Chapeau "El Esmirriau".





Pero incluso en todos esos casos el MacGuffin sigue sin ser un completo MacGuffin porque su recuperación final conlleva un descubrimiento. Descubrimiento que suele convertirse en un giro inesperado que le da una verdadera utilidad aparte de la meramente narrativa. Si como explicó el propio Hitchcock a Truffaut ("So you see, a MacGuffin is nothing at all!") un MacGuffin no es nada, va a ser difícil encontrarlos en Mortadelo y Filemón donde todo tiene su propósito: hacernos reír.





Artículo escrito por Kaximpo

sábado, 6 de octubre de 2007

Pepe Gotera y Otilio, Chapuzas a Domicilio


El dos de abril de 1966, en el número 269 de Tío Vivo nace la para la Editorial Bruguera la pareja de currantes más famosa del tebeo español: Pepe Gotera y Otilio, Chapuzas a domicilio, de la pluma de Francisco Ibáñez. Se trata de la única serie dual del autor que conseguirá un verdadero arraigo entre el público, tras la exitosa Mortadelo y Filemón, Agencia de información. Y podemos decir que, en muchos aspectos, Pepe Gotera y Otilio representan al Ibáñez más puro, aquél que impuso una forma propia de hacer historieta, al margen de influencias ajenas.

Esta representatividad del nuevo dúo viene dada por su apego a una concepción “realista” en el desarrollo de las tramas. No debemos olvidar que uno de los rasgos más característicos de la serie estrella de Ibáñez, los disfraces de Mortadelo, tiene un origen puramente vazquiano, más que ibañezco. Con ello no nos referimos únicamente a la atribución que el autor de Anacleto hace del hallazgo del disfraz mortadelesco, sino a la imitación y evolución que Ibáñez hizo de las metáforas visuales de su maestro (para mayor profundización al respecto, recordamos que el disfraz ya ha sido abordado en este blog, como podrán comprobar visitando las entradas del mes de mayo).

En efecto, el uso del disfraz en Mortadelo es tan surrealista, desenfadado y vanguardista que representa más el espíritu libre de Vázquez que el de Ibáñez, mucho más encorsetado y apegado a una concepción mecánica del gag. Igualmente innovadora es la concepción de 13, Rue del Percebe, también perteneciente al padre de Angelito Gú-Gú. Desde este punto de vista, podríamos decir que ambas series tienen más de Vázquez que de Ibáñez (en cuanto a concepción original, ya que el brillante desarrollo de ambas es producto exclusivo del talento de Francisco Ibáñez).

Por otra parte, también El Botones Sacarino responde más a una influencia ajena (franquiniana, como bien es sabido) que a la inspiración del propio autor, aunque es indudable que a medida que la serie crecía Ibáñez fue imponiendo su arrolladora personalidad creativa. Un matiz distinto merece la referencia a Rompetechos, probablemente la más afortunada serie nacida de la mente de Ibáñez. Precisamente por esa genialidad única y por el desarrollo de un tipo de gag exclusivo de esta serie, no podemos decir que el pequeño Rompetechos sea un “personaje tipo” de Ibáñez.

Sí lo son, en cambio, Pepe Gotera y Otilio, una pareja mucho más estándar dentro del universo creador de Ibáñez. En las aventuras de los chapuzas no encontramos ecos extranjeros (como en Sacarino), ni alardes de originalidad creativa (como en los disfraces de Mortadelo o en la concepción de 13, Rue del Percebe), ni siquiera genialidades excepcionales (como en Rompetechos). Pepe Gotera y Otilio representan, más bien, el éxito de la estandarización ibañezca. No en vano nacen cuando el autor ya se ha consolidado en el mercado del tebeo humorístico y ha encontrado su propio camino artístico.

Así, en la serie de los chapuzas encontramos un remedo de la fórmula del éxito de Ibáñez: el contraste entre el payaso listo y el payaso tonto, entre el Augusto y el Clown, pero esta vez desprovistos de la veta surrealista que aportan los disfraces de Mortadelo. La característica distintiva de los personajes no es otra que la voracidad de Otilio (rasgo mucho menos brillante que el transformismo del entonces “agente de información”). Dicha característica había sido probada ya en la figura de Pepe, el empleado de Ande, ríase “usté” con el Arca de Noé, serie que pasó con más pena que gloria por los semanarios de Bruguera, al igual que otros experimentos duales como Godofredo y Pascualino, viven del deporte fino, El doctor Esparadrapo y su ayudante Gazapo y Doña Pura y Doña Pera, vecinas de la escalera.

Otro rasgo que hace que el dúo del que hablamos merezca la consideración de “serie estándar” de Ibáñez lo marca la sucesión de torpezas de los personajes, reforzada aquí por su condición de chapuzas. Probablemente fue esta profesión la que impulsó el éxito de la pareja frente a las anteriormente citadas, pues si hay un oficio que da pie a mostrar la incompetencia de los personajes, ése es el de Pepe Gotera y Otilio. Es más, podríamos decir que lo raro hubiera sido que nuestro autor no hubiera acabado, tarde o temprano, creando estos personajes.

Por otra parte, tenemos que añadir que estos expertos en cualquier cosa nacieron en una época propicia para el desarrollo de sus andanzas, basadas todas en el gag de acción perfectamente secuenciado, pues éste empezó a ser la marca distintiva de nuestro autor desde mediados de los sesenta hasta nuestros días.

Por todos estos aspectos, podemos decir que Pepe Gotera y Otilio son los personajes que mejor representan el estilo de Ibáñez: enfrentamiento de contrarios, meteduras de pata varias, cierto encorsetamiento argumental (lejos de alardes creativos) y secuenciación del gag de acción. Aunque con un mayor apego a la cotidianeidad, nuestros entrañables chapuzas son una eficaz y divertida vuelta de tuerca a un modelo probado ya por el autor: el éxito hecho fórmula.

sábado, 29 de septiembre de 2007

LOS MEJORES ÁLBUMES DE MORTADELO Y FILEMÓN

Que la trayectoria de Ibáñez ya era una de las más brillantes del panorama tebeístico español para la fecha de 1969 es una realidad incuestionable. Sin embargo, no podemos negar que fueron los álbumes de 44 páginas los que permitieron al autor despegar totalmente, alcanzando unas cotas de popularidad inusitadas hasta el momento en nuestro ámbito editorial. Con El Sulfato atómico la modestita “Agencia de Información” va quedando atrás y se configura la imagen de los personajes que todos conocemos hoy. Los álbumes de Ibáñez son importantes no sólo porque en ellos se despliegan algunos de los mejores y más característicos recursos humorísticos del autor, sino porque se convierten en puntos de referencia para los aficionados, al ser más fácilmente clasificables y, por ende, localizables, que las infinitas y dispersas historietas cortas.




Para destacar la importancia de los álbumes de Ibáñez, aportamos los resultados de una encuesta en la que se ha preguntado a 32 personas por sus cinco álbumes favoritos de Mortadelo y Filemón. Entre nuestros encuestados encontramos desde sesudos eruditos ibañezcos hasta lectores de la infancia que han tenido que hacer un verdadero esfuerzo por recordar aquellas historietas que los impactaron especialmente o que, por razones desconocidas, han pervivido en su memoria más que las demás. La mayoría de ellos, conocedores o no del universo de Ibáñez, me han participado la dificultad de elegir tan sólo cinco álbumes en una producción de más de 180 (gracias, no obstante, por colaborar) y muchos no han negado que los criterios que han entrado en juego no son especialmente rigurosos, pues el factor sentimental y los recuerdos de infancia ejercen una notable influencia. Por ello, no queremos decir que los álbumes escogidos sean los mejores; son, únicamente, los más votados. Eso sí, la enorme producción de Ibáñez otorga mayor mérito a los elegidos en medio de la ya citada dispersión, de ahí que se hayan recogido en nuestra lista, por ejemplo, álbumes con tan sólo tres votos.



Después de horas de cuentos y recuentos, éstos son los resultados obtenidos, tras los cuales aportaremos una conclusión:


EL SULFATO ATÓMICO…………………………………….16 votos
VALOR…¡Y AL TORO!................................................11 votos
CONTRA EL GANG DEL CHICHARRÓN………………8 votos
CHAPEAU EL “ESMIRRIAU”……………………………...7 votos
EL 35 ANIVERSARIO……………………………………..….7 votos
EL QUINTO CENTENARIO……………………….………6 votos
EL CASO DEL BACALAO………………………………….. 4 votos
LA CAJA DE LOS DIEZ CERROJOS…………………... 4 votos
LOS INVASORES……………………………………………...4 votos
EL CACAO ESPACIAL…………………………………..…...4 votos
BARCELONA 92……………………………………………..…4 votos
MAGÍN EL MAGO…………………………………..………...3 votos
EL BALÓN CATASTRÓFICO……………….……………...3 votos
HAY UN TRAIDOR EN LA TIA…………………………...3 votos
EL BACILÓN……………………………………………………..3 votos
LOS ÁNGELES 84…………………………………….………..3 votos
EL COCHECITO, LERÉ……………………...……………….3 votos
SU VIDA PRIVADA……………………………....…………...3 votos
LA VUELTA……………………………………………………....3 votos
COMENTARIO A LA ENCUESTA:


Como se puede apreciar en los resultados de la encuesta, los lectores habituales de Mortadelo y Filemón suelen ser unos clásicos en cuanto a gustos se refiere. En la presente clasificación, podría decirse que han primado criterios gráficos, pues no es casualidad que estén a la cabeza los dos álbumes mejor dibujados de Ibáñez: El Sulfato atómico (votado por uno de cada dos lectores) y Valor…¡y al toro! , lo cual demuestra que el público (incluso el menos iniciado en el cómic) valora mucho la calidad del dibujo de las historietas, en contra de lo que el mismo Ibáñez postula frecuentemente. Mucho más estándar resulta Contra el gang del Chicharrón, así como Chapeau el “Esmirriau”, este último empatado a puntos con El 35 aniversario.


No seguiremos citando títulos cuya ordenación puede ver cualquier lector de este tema, pero consideramos interesante hacer algunas aclaraciones. Esperable resultaba que El Sulfato atómico se llevara la palma, pues además de su impecable grafismo y la agilidad de su guión, es la historieta que nos presenta a Mortadelo y Filemón tal y como los conocemos en la actualidad: reconvertidos en agentes secretos de la TIA, al servicio del Súper y soportando las consecuencias de los inventos del Bacterio. Si bien es cierto que en los resultados de la encuesta se percibe una cierta predilección por los álbumes realizados entre 1969 y 1972, la lectura pormenorizada de las votaciones individuales muestra que los gustos del público se diversifican a la hora de citar obras de esta esplendorosa década. Lo mismo ocurre con la primera mitad de los años ochenta, “edad de plata” de la serie, algunos de cuyos títulos míticos han conseguido instalarse en este honroso ranking. Curiosamente, tanto los lectores más avezados como los menos expertos han rechazado, salvo alguna excepción, la etapa “dudosa”, que abarca la segunda mitad de los ochenta.



En cuanto a los años noventa, si bien es cierto que algunos de sus títulos se han alzado hasta las primeras categorías de la clasificación, la lectura atenta de las votaciones individuales demuestra que esta década debe su gloria a unos álbumes limitados en número que salvan la “honrilla” de todo el decenio. Es curioso que todos estos álbumes puedan ser catalogados como “especiales”. Así, El 35 aniversario es una afortunada autobiografía de Ibáñez y El Quinto Centenario nos lleva a presenciar el descubrimiento de América con un guion y un dibujo que deslumbran a partes iguales. A esto hay que sumarle los cameos de Barcelona 92, los íntimos y trascendentales detalles de Su vida privada o la original ambientación ciclista de La Vuelta. La predilección del público por estos álbumes demuestra que, a pesar de la rutina creadora de la que habitualmente se acusa a Ibáñez en los últimos años, los lectores siguen valorando los esfuerzos creativos del autor, cuando este decide regalarles una historieta más cuidada que la media. Por último, diremos que los álbumes posteriores al año 2000 no aparecen en el listado de favoritos y a duras penas se dejan ver en las votaciones individuales, de forma meramente testimonial.




domingo, 23 de septiembre de 2007

SOLUCIONES HABITACIONALES, por PABLO VICENTE DAMAS

Fieles a la cita semanal, presentamos hoy un magnífico artículo de Pablo Vicente Damas (Pablo, en el Foro de la TIA) sobre las distintas casas, sedes o ubicaciones que nuestros agentes favoritos han conocido a lo largo de su vida de papel. Disfrútenlo:

Aunque Mortadelo y Filemón (and company, of course) hayan investigado recientemente el tema de la especulación inmobiliaria (rásquese el bolsillo y compruébelo en El Señor de los Ladrillos), lo cierto es que a este dúo dinámico este tema no le toca ni de lejos. Los tipos de los que hablo han estado en bases de operaciones que ya quisieran para sí los Vengadores esos. Y no sólo eso, sino que se han permitido redecorar estos tugurios después de muchos y continuos robos, inundaciones, incendios, explosiones…

En sus humildes comienzos (finales de los 50) la agencia de información de Mortadelo y Filemón se situó en un pequeño chalet tan cercano de la ciudad como del campo, con jardincito propio que Mortadelo cuidaba (¡qué lujazo!). Una chabolita, por cierto, en mal estado, y que pensaron sustituir por otra en primera línea de playa, pero la cercanía al nivel del mar y la subida de la marea provocaron una inundación que complicó la compra (el contrato quedó empapado, lo que según el Código Civil invalida la transacción, ¡cachis!… ¡Que nooo! Léelo y ya lo ves.)

A mediados de los 60 la agencia se traslada al núcleo de una gran ciudad (que los expertos en este complejo asunto sitúan en Barcelona.) El sitio en cuestión era un pisito que hacía las veces tanto de casita hogareña como de oficinita de información. Sin embargo, parece ser que la manía de Mortadelo por construir cohetes siderales y una inexplicable explosión de plutonio cercana provocaron que buscasen trabajo en una agencia de espionaje, contraespionaje y recontraespionaje de más relumbrón.

Después de buscar trabajo en los anuncios clasificados, esta parejita consiguió ingresar, cuando los 60 estaban acabando, en la T.I.A. (Técnicos en Investigación Aeroterráquea), que consistía en un despacho emplazado bajo tierra para el Superintendente Vicente (el presupuesto gubernamental no daba para más.) Las entradas eran de lo más variopinto: estatuas, farolas, casetas de obras, accesos en el Polo y un posterior pasillo subterráneo de regreso… Ya luego, sí, a mediados de los 70 consiguieron trasladar la agencia a un gran rascacielos, en el que, extrañamente (recordemos que esto es una agencia secreta) les dio por colgar en la parte más vistosa del edificio un cartel con el nombre de la organización, posiblemente por razones de merchandising.

La distribución del edificio es ejemplar, sin ninguna duda: despachos para los jefes, oficinas para los agentes y secretarias, el laboratorio del eminente Profesor Bacterio, las salas de recreo y, por último, esos largos, eternos, infinitos, extensos, interminables, inacabables, (etc) pasillos, donde todo agente habla, huelga y se hacina. Sin embargo esta mejora progresiva de presupuesto inmobiliario no evita que el edificio se venga abajo en incontables ocasiones: si no es la bomba H de turno, es que los gorgoritos del quinteto principal provocan unas reverberaciones de derrúmbate y no te menees, y si no, pues un pote de elasticina convierte el edificio en goma. Aquél que se pregunte que a dónde van sus impuestos, que se enorgullezca en saber que gracias a él nuestra reconocida agencia de espionaje nacional, internacional y provincial, la T.I.A., puede volver a reconstruirse (para luego volver a destruirse masoquistamente, nada es perfecto.)



Recientemente (en el año 98, amantes de los datos), se desveló que Filemón y Mortadelo (quería escribirlo al revés por una vez) viven desde hace tiempo en la pensión “El Calvario”, 4º 1ª, una pensión con todos los lujos posibles. No recuerdo haber leído ninguno de ellos, pero eso no quiere decir necesariamente nada.

No me perdonaría nunca terminar este artículo sin mencionar que el edificio de la T.I.A. de la reciente adaptación al cine de las peripecias de Mortadelo y Filemón es el Colegio Mayor Jaime del Amo en Madrid (¡gracias a Unown por el dato!). Si lo piensas un rato (hazlo mientras lees, no después), en los tebeos de Mortadelo los edificios en donde viven es el único aspecto que cambia progresivamente. La estética de los personajes sólo cambió bruscamente al comienzo de sus aventuras, y los secundarios sobre todo a finales de los 60 con lo de la T.I.A., pero las agencias cambiaban continuamente. Y precisamente es una de las cosas en las que menos se fija la gente.





Artículo escrito por Pablo Vicente Damas