Aunque no es frecuente encontrar testimonios en los que Ibáñez hable de sus compañeros de profesión, contamos en esta ocasión con la magnífica entrevista que en 1998 le hicieron en U, el hijo de Urich, nº 8. En ella, el padre de Mortadelo y Filemón da sus impresiones sobre Figueras:
“Por ejemplo, como dibujante, Alfonso Figueras, que para mí ha sido de los mejores que ha habido entre nosotros, entre los cómicos, y sin embargo tampoco ha sabido conectar con el público. Había otro que como dibujante no le llegaba ni a la suela de los zapatos, que era Conti, que siempre tuvo una aceptación tremenda. Y sin embargo, toda la gente llegaba, y sin embargo Alfonso Figueras no llegaba. ¿Por qué? Pues no lo sé.[…]
Sí, sí, sí. Era distinto, distinto pero bien trabajado, bien hecho, muy bonito. El resultado final era cojonudo. Había hecho una serie, que tenía un trabajo de tramado, de pluma, que eran verdaderas maravillas, y gracia tenía mucha. Hizo una serie que se llamaba Loony, de un marino, que tenía una gracia tremenda. Y sin embargo no consiguió que la gente se matara por comprar sus cosas, pues eso no lo consiguió nunca”.

En estas declaraciones, vemos que Ibáñez aprecia y valora la calidad gráfica de su amigo, hasta el punto de considerarlo el mejor de los dibujantes cómicos, que no es poco. Pero no solamente hace Ibáñez hincapié en el trabajado grafismo de Figueras, sino que también menciona que le resulta gracioso como autor. Dato curioso, porque Ibáñez siempre ha postulado un humor más explosivo y evidente que las sutilezas a las que Figueras nos tenía acostumbrados. Parece como si ahora hablara más el Ibáñez aficionado al cómic que el Ibáñez dibujante, más inclinado a lo comercial.
De hecho, ese es el talón de Aquiles de la carrera de Figueras: el contacto con el público. Como bien dice Ibáñez, no llegó a conectar con la masa, la gente no se mató para comprar sus cosas. Es cierto que ahora estamos en una época en la que el tebeo se ha convertido en materia de “culturetas”, y que todo dibujante clásico pasa a llamarse “maestro” y que todos apreciamos la elegancia del trazo y demás…Pero son (fueron, fuimos) muchos los que nos saltábamos las páginas de Figueras cuando aparecía en las revistas Bruguera, a favor de otros dibujantes de grafismo más estándar. Eso sí, parece que no es el momento de reconocerlo.
Como nexo de unión entre ambos autores, no podemos olvidar tampoco que Ibáñez “heredó” la serie Loony cuando Figueras se fue del país. Un material pre-brugueriano que tiene un indudable interés, por el trabajo de ambos dibujantes.

Quede este tema como tributo a Alfonso Figueras, un autor que, como se dice en la entrevista, sacrificó la comercialidad en aras de desarrollar una obra muy personal, alejada de los cánones de la historieta infantil-juvenil de la época.
No queremos concluir sin resaltar la mención que Ibáñez hace de Conti, del que dice que como dibujante no le llegaba a Figueras ni a la suela de los zapatos. Y ahora dicen que no, que era cubista y cosas así…
















